Traigo una entrada que puede ser más corta de lo que acostumbro a escribir. No es porque ande perezoso, sino porque estoy un poquito ajustado de tiempo. Como ha pasado una semana de la anterior y tenía algo que publicar no me lo he pensado.
Antes de parar con el teclado, doy el aviso de que los próximos poemas que publique -si no os gustan me lo decís y lo dejo- quizá no tengan ninguna introducción. Si tienen algo de bueno, no necesitan añadidos. ¡Ah! Tened el detalle y acordaros de rezar un poquito por mí, que nadie se va a enterar, ¿de acuerdo? Yo lo haré por los que leáis este trozo de mí. Un abrazo enorme por mi parte a todos, hasta la siguiente. Sed muy felices.
Antes de nada os pondré un poco al día de mi situación actual, y de rebote hago un breve prólogo al contenido con enjundia de esta poética entrada. En febrero me decidí a empezar una experiencia de vida con los misioneros claretianos, a los que ya conocía desde hace bastantes años. Poco a poco me he ido acercando cada vez más a estas grandísimas personas. Me encuentro probando un caramelo que resulta tener un sabor bastante agradable y deja un regustillo nuevo de felicidad.
El curso que viene, si Dios quiere, comenzaré el postulantado (podéis ver qué es en el enlace anterior, en 'proceso formativo') en la misma comunidad que me encuentro ahora. Sólo el Señor sabe si estoy realmente preparado para todo esto, y bueno, si no lo estoy y me quiere para ello, seguro estoy de que me dará eso que necesite. No quiero contaros mucho más porque esto es sólo el principio y aún queda mucho en este camino que se me ha abierto. Un poema que me salió escribir hace unos días -lo dejo aquí ahora- está relacionado con esos pequeños pasos que he dado en los últimos años.
Llamada re-cor-dada
Veía
este vaso vacío;
veía
cerradas, apretadas, asustadas estas manos;
veía
sólo este corazón preso, congelado de amargor;
veía
soltera esta soledad;
veía
este don robado y desolado;
veía
sin caricias este alma;
veía
tanta canción sin sus versos, tanta poesía sin melodía...
Tanto
veía el miedo...
Seguramente
tanto veía que nunca miró...
Tanto
veía a su alrededor que ni miró su interior...
Nunca
miró la alegría empapada de vino;
ni
miró entregado el cuerpo sujeto en Tus manos;
ni miró
el océano en que nada rusiente el corazón;
ni
miró Tu rostro, Hermano donado;
ni
miró el dulce abrazo del fiel amor enamorado;
jamás
miró al poeta que cantaba sin voz...
¡Qué
poco miró a su lado, habiendo tanto valor!
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Es difícil no rendirse ante el Señor cuando la ansiada felicidad, lejos de ser promesa se hace una realidad. |
Antes de parar con el teclado, doy el aviso de que los próximos poemas que publique -si no os gustan me lo decís y lo dejo- quizá no tengan ninguna introducción. Si tienen algo de bueno, no necesitan añadidos. ¡Ah! Tened el detalle y acordaros de rezar un poquito por mí, que nadie se va a enterar, ¿de acuerdo? Yo lo haré por los que leáis este trozo de mí. Un abrazo enorme por mi parte a todos, hasta la siguiente. Sed muy felices.
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